Eran mil los contagiados el día en que tembló a golpe de cinco punto siete en la escala de Richter. Eran las doce con treinta y tres minutos del veinte y siete de abril. Eran dos los amores rotos de Viviana Sosa y uno sólo el cristal vuelto añicos de su auto a las nueve de la noche. La mujer manejó de reversa, pero no vio la rama de un árbol que penetró en el medallón del Chevy. Alterada, condujó hasta el pueblo donde vivía con la madre. En tanto agonizaban cuatro personas más en centros de salud defeños. El virus de la enfermedad ya se multiplicaba en las mucosas de los chilangos rumbo a otras comunidades de Morelos, una de las entidades federativas más cercanas a la cuna de la pandemia.
"El triunfo del mal es que no se ve", le había dicho hace unos meses una ensayista radicada en la ciudad con más habitantes del mundo. "Lo esencial es invisible a los ojos", le había recordado a Viviana un alumno que citó al autor de El principito en un ensayo que la hizo llorar porque quizá algo bien había hecho ese semestre. Ceguera a lo José Saramago entonces, pensó la profesora. Distopías a lo Dafoe, Orwell, Bradury. Por si o por no, después de componer el desperfecto y lavar el carro, ella corrió a comprar comida, cubrebocas, alcohol en gel. Dispuesta a no salir hasta que un mail le indicara lo contrario, se encerró a leer novelas, responder mensajes electrónicos y no angustiarse por ese dolorcito en la garganta que apareció de súbito.
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