Dijo que era mejor reír. Por eso quiso besarlo con todo y cubrebocas. Pues si nos lleva la fregada, al menos los hicimos después de tantos años. Le endulzaba la voz muy cerca de su pelo rojo y ella no pudo resistirse. El hotel de Tlalpan también estaba desierto. Eran las once de la noche cuando dejaron el cuarto. En el metro se abrazaban. Entre caricia y caricia se burlaron de una señora con guantes. A la altura de Viaducto entró un joven disfrazado de apicultor que comenzó a hablar del fin del mundo. Lo bueno es que nosotros ya nos podemos morir después de hoy. Y qué lo digas, por mí que mañana sea el Juicio Final. Dios te lo perdonaría to-di-to. A ti también, ni duda cabe.
miércoles, 29 de abril de 2009
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