Se sirve el jugo naranja tibio. Lo saborea con melancolía y abre la ventana. Hay una fila interminable. Ella vive Frente a un consultorio, por eso observa a la gente formada con sus rictus. Esperan que un sólo médico atienda las fiebres, la tos, el dolor en cada hueso por debajo de la piel morena. De ojos verdes es el médico. A veces mira a Viviana con lujuria cuando sale oliendo a flores frescas rumbo al trabajo. La conoce desde niña, así funcionan las historias en los pueblos donde el calor vuelve cada año. Pero cada vez importan menos las temperaturas altas ante algunos personajes novedosos: narcos que se pasean desde Guerrero, transexuales que engañan a cualquiera y capitalinos cansados de sobrevivir. Olvido hablar de esas dos gitanas y sus volantes azules que aseguran resolver problemas, resucitar muertos o recuperar amores. Viviana ya fue. A los dos segundos se dio cuenta del error. Le sacaron cien pesos por decirle nada. Hay apocalípsis diminutos de los que nadie puede dar noticia.
miércoles, 29 de abril de 2009
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